"Cada esfuerzo por clarificar lo que es ciencia y de generar entusiasmo popular sobre ella es un beneficio para nuestra civilización global. Del mismo modo, demostrar la superficialidad de la superstición, la pseudociencia, el pensamiento new age y el fundamentalismo religioso es un servicio a la civilización" Carl Sagan.


domingo, 16 de abril de 2017

Creacionismo y negación del Holocausto

Las pseudociencias pueden clasificarse de mil maneras, dependiendo qué es lo que queramos explicar o enfocar sobre ellas. Una forma dual de clasificarlas es la división entre pseudociencias que podríamos llamar positivas y aquellas que son negacionistas. Mientras el primer grupo está conformado de pseudociencias que se empeñan en "demostrar" la verdad y/o eficacia de cierta idea, producto o artefacto, la segunda consiste en negar conocimientos bien establecidos.

El primer grupo, casi siempre, busca "integrar" sus supuestos descubrimientos al grueso del conocimiento científico. Este es el caso de aquellos que buscan demostrar la existencia de platillos voladores, la memoria del agua, la influencia de los astros, los poderes psíquicos o el hallazgo de un plesiosaurio vivo en algún lago europeo. También podemos encontrar pseudotecnologías con este mismo propósito, tales como las máquinas de movimiento perpetuo, los detectores moleculares estilo GT200 o los productos milagro anunciados en televisión. Aunque es claro que cada una de estas creencias y prácticas contradicen uno o varios postulados y conocimientos de la ciencia, no hacen énfasis en ello, sino que buscan vender su idea o producto como parte de la ciencia.

Los movimientos negacionistas hacen lo contrario. Se trata de grupos que se empeñan en negar la validez o la eficacia de ciertas partes del conocimiento científico o la ciencia en general: el creacionismo, la negación del Holocausto, la negación del sida, la negación del calentamiento global, la negación de la enfermedad mental, los grupos anti-relatividad, los antivacunas, los antitransgénicos, etc. Son pseudociencias que, más que empeñarse en mostrar "algo", buscan negar explícitamente hechos más que corroborados (la evolución, el origen antropogénico del calentamiento global, el Holocausto) o adelantos tecnológicos que han demostrado ser útiles, seguros y/o eficaces (vacunas, wifi, transgénicos).



Este tipo de pseudociencias en general suelen ser bastante perniciosas, no solo porque confunden al público sobre la línea entre la ciencia y la charlatanería (algo que comparten con sus primas positivas), sino que además suelen emplear tácticas retóricas con las que buscan mostrar que los conocimientos científicos auténticos o no son válidos en realidad o son válidos relativamente, pero en general se encuentran hundidos en controversias aparentemente interminables. El estudio y denuncia de este tipo de pseudociencias ha llegado a ser una de las prioridades entre los grupos escépticos y de pensadores críticos. Un ejemplo de ello lo ofrece el presidente de la Skepctic's Society, Michael Shermer, en su bello libro, Por qué creemos en cosas raras.

Shermer, psicólogo e historiador de la ciencia, dedica varios capítulos a examinar dos tipos de negacionismo científico: el creacionismo y la negación del Holocausto. Ambos tipos de pseudociencias tienen varios puntos en común (así como el resto de negacionismos). Los negacionistas de la ciencia suelen tener un fuerte razonamiento motivado por ideologías políticas o religiosas que entran en conflicto con los hechos y con las teorías científicas que dan explicación de éstos. Entonces, a la hora de elegir entre su ideología y la verdad de las teorías científicas, optan por defender la ideología acusando de fraude, conspiración o pseudosimetrías a la que llaman "la ciencia oficial" (término imposible de ligar con cualquier elemento del mundo real).

Shermer enumera algunos parecidos en los métodos de razonamiento de estas dos formas de negación:
1. Los negacionistas [del Holocausto] encuentran errores en los datos de los historiadores y, por lo tanto, dan por hecho que sus conclusiones son erróneas; como si los historiadores nunca cometieran errores. Quienes niegan la evolución (denominación mucho más apropiada que la de "creacionista") encuentran errores en la ciencia y dan por supuesto que todo lo que la ciencia dice carece de validez; como si los científicos nunca cometieran errores. 
2. Los negacionistas son muy aficionados a citar, normalmente fuera de contexto, a dirigentes nazis, a judíos y a especialistas en el Holocausto, para que parezca que apoyan su postura. A quienes niegan la evolución les encanta citar fuera de contexto a científicos de primera línea como Stephen Jay Gould y Ernst Mayr y sugerir que niegan en cierto grado la realidad de la evolución. 
3. Los negacionistas sostienen que el debate genuino y honrado entre especialistas prueba que ellos mismos dudan del Holocausto o son incapaces de conciliar sus conocimientos. Quienes niegan la evolución argumentan que el debate genuino y honrado entre los científicos significa que dudan de la evolución o no pueden conciliar sus teorías. 
Lo irónico de esta analogía es que quienes niegan el Holocausto pueden estar al menos parcialmente en lo cierto (las estimaciones de los judíos asesinados en Auschwitz, por ejemplo, han ido cambiando), mientras que quienes niegan la evolución no pueden tener razón siquiera parcialmente, porque, en cuanto se permite la intervención divina en el proceso científico, todas las asunciones de la ley natural se esfuman, y con ellas, la ciencia.

En estrecha relación con lo anterior, y mostrando de manera más explícita las falacias en las que incurren los razonamientos de los negacionistas del Holocausto, continúa Shermer páginas más adelante, son curiosamente similares a las de otros grupos de ideología marginal como los creacionistas:

1. Se concentran en los puntos débiles de sus adversarios y, al mismo tiempo, rara vez dicen algo definitivo sobre su postura. Por ejemplo, los negacionistas subrayan las incoherencias de los testimonios de las víctimas. 
2. Explotan los errores de especialistas que esgrimen contrapuestos, aduciendo que, dado que sus adversarios extraen algunas conclusiones equivocadas, todo cuanto afirman ha de estar equivocado. Quienes niegan el Holocausto inciden en el detalle del jabón confeccionado con partes del cuerpo humano, que, finalmente, se ha demostrado que es un mito, y hablan del "increíble Holocausto menguante" porque los historiadores han reducido las cifras de asesinados en Auschwitz de cuatro millones a un millón. 
3. Recurren a citas, normalmente sacadas de contexto, de importantes figuras académicas para reforzar su posición. Citan, por ejemplo, a Yehuda Bauer, a Raul Hilberg, a Arno Mayer, e incluso a altos dirigentes nazis. 
4. Confunden los debates honrados y genuinos que muchos especialistas entablan sobre ciertos puntos con la negación total del suceso. Los revisionistas se toman la polémica internacionalista-funcionalista sobre lo ocurrido en el Holocausto como si fuera una discusión que pone en tela de juicio su existencia. 
5. Se centran en lo que no se sabe y hacen caso omiso de lo que sí se sabe; inciden en los datos que les respaldan y prescinden de los que no. Se fijan en lo que no sabemos de las cámaras de gas y desprecian los relatos de los testigos presenciales y las pruebas forenses que apoyan que las cámaras de gas se emplearon para perpetuar asesinatos en masa.

Las similitudes entres estos dos tipos de negacionismos no solo se encuentra en sus métodos y sus razonamientos falaces, sino también en su desarrollo histórico. En sus inicios, el creacionismo era el movimiento antidarwinista llevado a cabo por fundamentalistas cristianos que buscaban sacar la enseñanza de la evolución de las escuelas, porque la evolución, decían, iba en contra de la enseñanza bíblica y la moral. Su argumento principal, pues, era religioso y no aparentaba ser otra cosa. Desde hace unas décadas, el creacionismo ha cambiado de estrategia. Ahora existen institutos, escuelas y revistas indexadas de "científicos" creacionistas y "estudiosos" del diseño inteligente. Con nuevos tecnicismos como el de complejidad irreductible y otros, los creacionistas de nuestro tiempo buscan, principalmente, hacer ver sus creencias como una ciencia tan válida como la teoría de la evolución, y por tanto, digna de atención en las clases de ciencias naturales de la escuela.

Por su parte, el negacionismo del Holocausto, en un principio, contaba con figuras abiertamente neonazis y antisemitas, tal como lo demuestra la fundación del Institute for Historical Review (IHR por sus siglas en inglés), por Willis Carto,  donde su Journal of Historical Review básicamente era un panfleto que denunciaba la conspiración mundial judía y la nueva era de la raza aria. Hoy día, los representantes más notables del revisionismo, como Mark Weber y David Irving, junto con el IHR, buscan deslindarse del antisemitismo y la ideología nazi que ha caracterizado a este grupo.

Shermer nos explica más estos puntos en común:

1. En un principio, el movimiento abarca una gran diversidad de ideas y congrega a muy distintos miembros que representan a los márgenes extremos de la sociedad, pero, a pesar de sus intentos, no consigue formar parte del pensamiento establecido (el creacionismo en la década de 1950; la negación del Holocausto en la de 1970). 
2. A medida que el movimiento crece y evoluciona, algunos de sus miembros intentan distanciarse (y distanciar también el movimiento) de los más radicales y obtener credenciales académicas o científicas (el creacionismo en la década de 1970, cuando pasó a denominarse "ciencia de la creación"; el negacionismo en la de 1970 con la fundación del IHR). 
3. En el giro hacia la aceptación, se observan intentos de abandonar la retórica antiestablishment y avanzar hacia una declaración de fe más positiva (los creacionistas abandonaron la táctica antievolución y adoptaron el argumento "de equiparación de horas lectivas; el IHR ha roto con Willis Carto y, en general, los negacionistas están intentando depojarse de su reputación racista y antisemita). 
4. Para entrar en instituciones públicas como los colegios, el movimiento recurre a la Primera Enmienda [de la Constitución de Estados Unidos y afirma que, cuando no se le permite manifestar su opinión, se está violando su "libertad de expresión" (la legislación de varios estados estadounidenses en las décadas de 1970 y 1980, que equiparaba el número de horas lectivas dedicadas al creacionismo y a la teoría de la evolución; los procesos judiciales por la "libertad de expresión" de Ernst Zündel en Canadá y los anuncios de Bradley Smith en diversas publicaciones universitarias)]. 
5. Para conseguir la atención del público, el movimiento intenta trasladar la carga de la prueba de sí mismo al establishment, exigiendo "una sola prueba" (los creacionistas piden "un solo fósil", el "eslabón perdido", que demuestre que las formas de transición existen; los negacionistas, "una sola prueba" de que los judíos murieron en las cámaras de gas).
Este último punto es destacable en todo movimiento negacionista. Shermer identifica este error de argumentación nombrándolo "falacia del fósil", que es la creencia errada de que un solo elemento empírico supondrá la confirmación de un sistema hipotético-deductivo o un suceso histórico tan complejo como lo es la teoría de la evolución o la realidad del Holocausto, respectivamente. En realidad, por sí sola, no existe una única prueba que demuestre la evolución, el Holocausto, el cambio climático o cualquier otra cosa que un negacionista llegue a negar, sino que es la conjunción de varias pruebas lo que nos permite confiar en las teorías científicas, sean naturales o sociales.

Así, en el caso de la evolución, no es solo un fósil de transición (mal llamado eslabón perdido) lo que demuestra la realidad de la evolución y la fuerza explicativa de la teoría evolutiva moderna, sino que es un conjunto de pruebas de la paleontología, la geología, la biogeografía, la genética, la epigenética, la embriología, la biología molecular, la bioquímica, la antropología, etc. En el caso del Holocausto, no se trata de una única prueba de judíos quemados en las cámaras de gas, sino que es la fuerza de un conjunto de pruebas, tales como documentos escritos (cientos de miles de cartas, memorandos, proyectos, anteproyectos, órdenes, leyes, discursos, artículos, memorias de víctimas y confesiones de victimarios), testimonios personales (de supervivientes, kapos, Sonder-kommandos, guardias de la SS, comandantes, lugareños e incluso altos dirigentes nazis que no negaron el Holocausto nunca), testimonios fotográficos y fílmico ( del ejército y de la prensa, fotografías tomadas por civiles, fotos tomadas en secreto por prisioneros, fotografías aéreas de alemanes y aliados por igual), pruebas físicas (objetos encontrados en los campos de concentración, en campos de trabajo y en los campos de exterminio, muchas de las cuales se conservan en diversos grados de originalidad y reconstrucción) y pruebas demográficas (todas las personas que según los negacionistas sobrevivieron al suceso han desaparecido), lo que nos demuestra que el Holocausto ocurrió.

 Es la convergencia de pruebas a lo que todo negacionista siempre hará caso omiso, lo cual puede llegar a resultar efectivo cuando su retórica llega a un público ajeno a la ciencia o la historia. Preguntar por el presunto eslabón perdido o por la autenticidad del Diario de Ana Frank es una manera simplista de razonar, pero por desgracia, parece efectiva, dado el crecimiento de este tipo de pseudociencias.

Al enfrentarse a practicantes o defensores de estas pseudociencias, la mejor estrategia se puede encontrar en, primero, dejar en claro que la controversia no existe en los círculos académicos. En la comunidad científica no hay duda de que la evolución es un hecho natural, que el VIH causa el sida, que el calentamiento global es, ante todo, responsabilidad humana, que el wifi es seguro, que el tabaco causa cáncer y otros males, que los transgénicos son seguros o que hechos históricos como el Holocausto ocurrieron. En segundo lugar, en vez de esmerarse en responder a razonamiento estilo falacia del fósil, lo mejor es hacer hincapié en la convergencia de pruebas que aportan, no una, sino varias disciplinas a la vez que demuestran la realidad del hecho que se intenta negar.

SI TE INTERESA ESTE TEMA

* Por qué creemos en cosas raras, de Michael Shermer, Alba, España, 2009.

* "Negar las atrocidades nazis", artículo de Mauricio-José Schwarz en su blog No Que Importe.

* "Denialism: what is it and how should scientists respond?", artículo de Pascal Diethelm y Martin McKee, publicado en el European Journal of Public Health, enero, 2009.

* "Motivated reasoning: Fuel for controversies, conspiracy theories and science denialism alike", artículo de Hilda Bastian publicado en el sitio web de la revista Scientific American, en octubre del 2013.

* Si sabes inglés, la siguiente conferencia del filósofo de la ciencia y la pseudociencia, Sven Ove Hansson, sobre la negación de la ciencia, te puede interesar:


3 comentarios:

  1. Los transgénicos han demostrado ser útiles... Sí, útiles para las corporaciones que medran envenenándonos. Hay material acumulado en cantidad suficiente como para seguir insistiendo con este despropósito. No sólo no sirvió para acabar con el hambre en el mundo, como anunciaban, sino que produjo niveles de contaminación inéditos con desastrosas consecuencias para la población humana, fauna y ecosistemas, además de la degradación de los suelos. El caso de Argentina, mi país, es materia de estudio en el mundo: en 20 años produjo demasiadas víctimas, junto a inundaciones y desastres naturales. También, como si fuera poco, la degradación del suelo. Pero sí, fue útil: unos pocos se enriquecieron mucho, y lo siguen haciendo con gobiernos cómplices...

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